Nuestras vidas son la fragancia de Cristo que sube hasta Dios, pero esta fragancia se percibe de una manera diferente por los que se salvan y los que se pierden. Para los que se pierden, somos un espantoso olor de muerte y condenación, pero para aquellos que se salvan, somos un perfume que da vida. ¿Y quién es la persona adecuada para semejante tarea?

2 Corintios 2:15-16 NTV

En uno de mis tiempos de oración y charla con DIOS, le preguntaba por qué algunas personas se comportan de lo peor con quienes nos presentamos como cristianos, seguidores e hijos del REY. Tras un largo silencio el espíritu santo llegó como un susurro a mi corazón.

ÉL me hacía ver que todos somos pecadores y que nadie es superior a nadie, que somos iguales, pero que existe una diferencia que radica entre quienes han permitido que JESÚS entre en sus vidas y quienes no.

A través de JESÚS podemos tener una relación con DIOS, porque ÉL es el único camino para llegar al PADRE, la única puerta que nos puede llevar a la santidad y una vida consagrada.

A pesar de que todos y cada uno de nosotros somos pecadores, quienes hemos aceptado lo indispensable que es DIOS para nuestras vidas, hemos reconocido la autoridad del PADRE para disciplinar a sus hijos, le amamos, pero también tenemos temor de ÉL.

Cuando hablo de temor me refiero a esa reverencia, ese respeto, admiración y amor profundo que siente un hijo pequeño por su papá, que lo ve como su héroe, su protector, su amigo, su mentor, su proveedor, aquél que lo ama más allá de lo que se puede imaginar.

DIOS ama a sus hijos por igual, pero si eres padre sabrás que todo padre quiere que su hijo sea obediente y haga lo que su padre le ordena, porque sólo el padre sabe qué es lo que le conviene a su hijo, por eso cuando su hijo se porta bien él se regocija, sin que lo deje de amar cuando se porta mal.

Pues bien, DIOS como un padre ama profundamente al pecador, pero aborrece su pecado, ama a su hijo pero odia su desobediencia y desea de todo corazón que su hijo deje de hacer lo que hace mal, que abandone su rebeldía.

Aquellos hijos que intentan agradar a DIOS y a pesar de sus pecados, humildemente reconocen sus faltas y se acercan a su PADRE para pedir perdón e intentar vivir una vida bajo sus mandatos, están dispuestos a crecer y a aprender lo que él les quiere enseñar.

Ellos serán salvos, pues a pesar de sus errores y limitaciones buscan a su papá con desesperación, así hayan roto el jarrón en medio de un juego de vaqueros y piensen que les espera un castigo, seguramente recibirán perdón y gracia porque el amor de su padre es infinito.

Pero aquellos que no han hecho la tarea, que han roto la vajilla, le han pegado a su hermano y se esconden entre excusas, rencores y orgullos, tal vez se deban entender con la vara de corrección entre gritos y lágrimas.

Ambos hermanos viven en la misma casa, ambos son amados, pero sólo aquel que se somete a su padre gracia recibirá, porque ÉL sólo quiere nuestra obediencia, y aquel que no quiera hacer la voluntad del padre, se sentirá castigado, entonces con rencor y apretando los dientes mirará a su hermano.

Si amas a tu hermano desobediente no pagues su desprecio con más desprecio, pues él se desprecia a sí mismo y por eso hace lo que hace, háblale de JESÚS e invítalo a ser obediente, porque sólo así experimentará el abrazo de un padre amoroso que sólo quiere que su hijos se amen como hermanos y respeten las reglas de su casa.